Un traje de Mario Vidal se reconoce antes de saber de quién es. Su silueta viene de los años treinta y cuarenta, la época en que el traje alcanzó su forma más elegante: talle subido, solapa ancha, chaleco corto, pantalón alto y con caída. Nada en ella es casual y nada está pensado para pasar de moda.
Sobre esa base clásica, el taller añade lo que no encontrarás en ningún otro: detalles y construcciones que nacieron aquí y que solo aquí se hacen. Son discretos. Quien sabe mirar los ve; quien lleva el traje los siente.
Cada pieza se traza desde cero para una sola persona y se construye a mano, prueba a prueba, hasta que cae exactamente como debe. No es un traje más en el armario. Es el que te pondrás cuando quieras que se note.